Cuando hablamos de sincronía (en un tiempo concreto, simultáneo) y diacronía (evolución, tiempo sucesivo) estamos hablando del tiempo, de cronos. Cuando nos referimos con estos términos a la lingüística, la analizamos desde ese punto de vista. Y aquí entran en juego la lengua -langue- y el habla -parole- como partes del lenguaje. Al reflexionar sobre si el tiempo modifica o no el lenguaje nos damos cuenta del diferente comportamiento de la lengua y del habla. A grandes rasgos podemos decir que la lengua es un hecho diacrónico y que el habla es un hecho sincrónico. Y se puede afirmar que estos cambios que se producen con el tiempo en la lengua son producto del habla, del uso que hacen los hablantes en cada momento.
Voy a tratar de explicarlo. En el habla se haya el germen de todos los cambios. Cada uno de estos cambios empieza por ser una práctica exclusiva de cierto número de personas antes de hacerse su uso generalizado. Cuando es aceptado por todos, la lengua se modifica con ese cambio. Por lo que se puede decir que todo cuanto es diacrónico en la lengua lo es solamente por el habla. Y si bien es cierto que el uso de la lengua, el habla, es la que produce en el tiempo la evolución, podemos afirmar que el hablante, que vive en un tiempo concreto, no percibe los cambios. El está en un estado concreto de la lengua. Para él el uso de la lengua, su habla, es un hecho sincrónico, la sucesión en el tiempo de los hechos lingüísticos es inexistente.
Podemos también afirmar que la lengua es un sistema, en la cuál todas sus partes, sus términos son coexistentes y sincrónicos. Los cambios que el uso de la lengua, el habla, producen no cambian el sistema; sólo se modifican elementos aislados. Los términos diacrónicos son sucesivos y se reemplazan unos a otros, pero no llegan a formar sistema.
Habrá una lingüística sincrónica que se ocupará de las relaciones lógicas y psicológicas que unen términos coexistentes y que forman sistema. Y habrá una lingüística diacrónica que estudiará las relaciones que unen términos sucesivos (no percibidos por la conciencia colectiva) y que se van reemplazando unos a otros sin formar sistema entre sí.
Como conclusión se puede afirmar que la lengua funciona sincrónicamente (mediante su uso, habla) y se constituye diacrónicamente. Y si no fuese así dejaría de funcionar, una lengua que no evoluciona, que no se usa, va muriendo.
Bibliografía: F. SAUSSURE, Curso de Lingüística General. Texto de Bally, Sechehaye y Riedlinger. Ediciones Akal Universitaria; Toledo, 2006.
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